Hace cuarenta años, en un barrio popular de Sant Boi de Llobregat, una comunidad decidió no esperar más. No había equipaciones, faltaban servicios, las desigualdades golpeaban fuerte y muchas familias vivían sin horizonte. Ante esto, un grupo de jóvenes, vecinos y vecinas dio un paso adelante y ocupó un bloque de viviendas vacío para convertirlo en un espacio de vida, de apoyo y de futuro compartido. No era un gesto simbólico: era supervivencia, dignidad y esperanza.

De aquel acto valiendo nació el que hoy es la Fundación Marianao. Un proyecto que no surgió de un plan institucional, sino de una necesidad urgente y de una convicción profunda: que la comunidad, cuando se organiza, es capaz de generar respuestas allá donde todavía no hay.

Cuarenta años después, mirar atrás no es un ejercicio de nostalgia. Es un acto de reconocimiento. Reconocer que aquello que empezó como una respuesta vecinal ante la carencia de recursos se ha convertido en un proyecto colectivo vivo, arraigado en el barrio y en la ciudad, capaz de acompañar personas y transformar realidades a lo largo del tiempo.

Marianao no es solo una entidad social. Es un ecosistema comunitario que ha crecido y se ha profesionalizado sin perder la esencia. Hoy acompaña niños, jóvenes, familias, personas adultas y personas grandes, poniendo en el centro las personas, los vínculos y la comunidad como motor de transformación. Pero, por encima de todo, continúa siendo un espacio donde la comunidad se construye desde la confianza y el vínculo.

Los retos sociales continúan siendo inmensos: la pobreza infantil, las desigualdades que se cronifiquen, la salud mental, la soledad no deseada, la necesidad de reforzar comunidades cohesionadas.


A lo largo de estas cuatro décadas, hemos visto jóvenes que retomaban los estudios después de haberlos dejado, familias que encontraban apoyo en momentos difíciles, personas adultas que recuperaban confianza y nuevos caminos, y personas grandes que volvían a sentirse parte activa de la comunidad. Historias pequeñas y grandes que, sumadas, explican el sentido profundo de Marianao.

El que ha hecho posible este recorrido no ha sido una sola idea ni una sola persona. Ha sido la fuerza colectiva. La implicación de vecinos y vecinas, el compromiso de personas voluntarias y trabajadoras, la confianza de instituciones, entidades, empresas y alianzas que han entendido que la transformación social solo es posible cuando se construye plegadas. Marianao es fruto de esta suma de complicidades.

Por eso podemos decir que el que ha pasado —y continúa pasando— a Marianao es especial. Es patrimonio colectivo del barrio y de la ciudad. Una manera de hacer que demuestra que la comunidad no es solo destinataria de políticas, sino sujeto activo de cambio.

Celebrar estos 40 años es también asumir una responsabilidad. Los retos sociales continúan siendo inmensos: la pobreza infantil, las desigualdades que se cronifiquen, la salud mental, la soledad no deseada, la necesidad de reforzar comunidades cohesionadas. Ante esto, hacen falta políticas públicas valientes, pero también aquello que no se puede decretar por ley: confianza, vínculos y sentido de pertenencia.

Marianao continúa andando con la misma convicción con que nació: que juntas podemos transformar la realidad. Que cuando la comunidad se organiza y se reconoce capaz, no solo resiste, sino que construye futuro.

Gracias a todas las personas que, de una manera u otra, habéis formado parte de este camino.
Contigo, hacemos historia.