La historia de Julià con la Fundación Marianao no empieza con la música, sino con una imagen que todavía hoy recuerda con claridad: un educador acompañando un niño hasta casa suya en bicicleta. “Aquella fue la primera impresión que tuve”, explica. “Ver este acompañamiento tan próximo me hizo entender qué había detrás de la Fundación”.

Con los años, este vínculo inicial se fue transformando en implicación directa. A través de relaciones personales y encuentros casuales, acabó proponiendo la creación de una coral. El que empezó como una idea sencilla se convirtió, con el tiempo, en uno de los espacios más vivos y consolidados de la entidad.

“El primer día me encontré con 24 mujeres que querían cantar. Allá vi que aquello tenía recorrido”, recuerda. Desde entonces, la coral ha crecido tanto en número como en calidad, pasando de hacer actuaciones internas a cantar en casales, residencias y otros espacios del territorio.

Pero para Julià, el más importante no es el resultado musical. Es el que pasa entre las personas. “La clave es la relación personal. Sin este vínculo, no existiría nada”, afirma. A la coral —como en tantos otros espacios de Marianao— se encuentran personas diversas que comparten experiencias, aprenden las unas de las otras y construyen relaciones que van más allá de la actividad.

Esta dimensión comunitaria es, para él, el verdadero valor de la Fundación. “Vivimos en una sociedad mucho individualista, y aquí el que se genera es justo el contrario: relación, acompañamiento, sentirse parte de un grupo”, explica. Una idea que ha trasladado también a iniciativas propias, como las “vacaciones” de verano de la coral: una propuesta simbólica y compartida que, a través de la imaginación y el humor, mantiene el grupo conectado durante agosto. “Sirve por eso: para sentir que no estás solo”.

El Juliano destaca también la capacidad de la Fundación para hacer realidad ideas y proyectos. “Aquí las iniciativas se salen adelante. Hay bastante gente, basta energía, para que las cosas pasen”, asegura. Y pose en valor especialmente el papel de las personas jóvenes: “Si han tenido una buena experiencia, esto queda. Y con el tiempo, vuelven, colaboran, se implican”.

Después de años al frente de la coral, lo tiene claro: el que define Marianao no son solo los proyectos, sino las improntas que deja en las personas. “Seguro que mucha gente tiene recuerdos como los míos. Experiencias que te llegan y que te quedan por siempre jamás”.

Porque, al final, más allá de cantar, compartir o aprender, el que se construye es comunidad. Y esto, como dice el Juliano, es el que lo hace todo posible.

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