Hace unos días, en el marco de la jornada «Reivindicamos la educación: dónde somos, de donde venimos y como nos recuperamos», organizada por Equitat.org, participamos en una conversación sobre el compromiso colectivo con la educación. Una de las preguntas centrales era como podemos tejer alianzas capaces de sostener una transformación educativa real.

La respuesta no es sencilla, pero parte de una convicción clara: la escuela tiene que estar en el centro, pero no puede estar sola.

Durante muchos años hemos pedido en la escuela que compense desigualdades que no se originen para sus adentros. La segregación, la diversidad creciente, las nuevas estructuras familiares y los retos de la sociedad digital, entre otros, han contribuido a transformar profundamente el modelo educativo. Todas estas complejidades entran cada día a las aulas, pero no se originan solo en la escuela ni pueden ser abordadas exclusivamente desde ella. El profesorado las acoge y da respuesta tanto como puede, pero no podemos pedir al sistema educativo que resuelva a solas retos que interpelen el conjunto de la sociedad.

El profesorado las acoge y da respuesta tanto como puede, pero no podemos esperar que el sistema educativo resuelva a solas problemas que afecten el conjunto de la sociedad. 

Para avanzar hacia una educación realmente equitativa, tenemos que pasar de una escuela que intenta compensar las dificultades de su entorno a un entorno que también educa y compensa.


A veces no nos faltan recursos; nos falta mirar cincuenta metros más allá.

Una situación vivida en un municipio ilustra bien esta necesidad. Una escuela se planteaba crear una biblioteca propia, con todo el esfuerzo económico y organizativo que comportaba, mientras que a solo cincuenta metros había una biblioteca municipal.

El ejemplo puede parecer anecdótico, pero revela una manera de funcionar demasiado habitual. A menudo, las escuelas, los servicios sociales, las equipaciones culturales, las entidades y los servicios de salud trabajan intensamente, pero lo hacen hacia adentro, desde lógicas sectoriales y con poca permeabilidad entre ellos.

A veces no nos faltan recursos; nos falta mirar cincuenta metros más allá.

Conectar una escuela con una biblioteca no consiste solo a compartir una equipación. Quiere decir reconocer que la biblioteca también es un agente educativo. Del mismo modo, lo son las familias, las entidades sociales, los clubes deportivos, los espacios culturales, los proyectos de ocio, los servicios municipales y las redes vecinales.

El territorio ya tiene una gran capacidad educativa. El reto es identificarla, reconocerla, conectarla y ponerla al servicio de las trayectorias de los niños y jóvenes.


Hacen falta equipos y profesionales con el encargo explícito de conectar actores, generar relaciones y acompañar procesos comunitarios.




Hablar de ecosistemas educativos comunitarios no es hablar simplemente de coordinación. Tampoco consiste a convocar reuniones puntuales o a acumular convenios entre organizaciones. Implica compartir diagnósticos, prioridades y responsabilidades. Y, sobre todo, construir confianza entre personas e instituciones que a menudo trabajan sobre una misma realidad sin conocerse bastante.

Esta articulación necesita una apuesta política y recursos concretos. Hay que reforzar la gobernanza educativa local, dotar los territorios de más capacidad para diagnosticar sus necesidades, establecer prioridades y construir respuestas adaptadas en cada realidad. También hacen falta equipos y profesionales con el encargo explícito de conectar actores, generar relaciones y acompañar procesos comunitarios.

La comunidad no se articula espontáneamente. Necesita tiempo, intencionalidad, gobernanza y recursos.

En este modelo, el tercer sector comunitario no puede ser considerado únicamente un operador que ejecuta actividades o presta servicios. Las entidades arraigadas en el territorio aportamos proximidad, conocimiento de las trayectorias personales, capacidad de generar confianza y una mirada integral sobre la vida de las personas. Somos, también, actores educativos.

Las oportunidades no se distribuyen automáticamente, y tampoco basta con que sean gratuitas.




Construir un entorno educativo rico es imprescindible, pero no es suficiente. Una ciudad puede tener bibliotecas, actividades deportivas, escuelas de música, refuerzo educativo, teatro, espacios juveniles o propuestas de ocio y, a pesar de esto, dejar fuera muchos niños.

Las oportunidades no se distribuyen automáticamente. Tampoco basta con que sean gratuitas. puede haber barreras relacionadas con la información, el transporte, los horarios, las plazas disponibles o la confianza de las familias. Por eso hay que ir más allá de la oferta y garantizar el acceso efectivo.

Esto quiere decir detectar necesidades, orientar, conectar y acompañar. Quiere decir que una escuela que conoce su entorno pueda incorporarlo a la mirada educativa sobre cada niño. Quizás aquel niño necesita refuerzo escolar; aquella adolescente, un espacio deportivo donde recuperar confianza; otro joven, una actividad artística donde descubrir capacidades que encara nadie le ha reconocido.

Cuando las circunstancias de una familia no permiten este acompañamiento, la comunidad tiene que poder complementarlo. No para sustituir la familia, sino para asegurar que las condiciones de partida no determinen las oportunidades de futuro.

No basta con que la oportunidad exista. Tenemos que garantizar que cada niño llegue, esté acogido y se pueda vincular.


Las Escuelas de Nuevas Oportunidades son un buen ejemplo. Su modelo personalizado, integral, flexible y conectado con el entorno permite que muchos jóvenes que habían abandonado los estudios vuelvan a imaginar un futuro posible.





La equidad significa concentrar más apoyo allá donde las desigualdades son más profundas y en los momentos en que una trayectoria educativa corre más riesgo de romperse.

Esta mirada tiene que ser territorial: hay barrios y municipios que concentran más vulnerabilidad y disponen de menos oportunidades educativas. Pero también tiene que tener en cuenta las trayectorias personales. Las transiciones entre etapas, las ausencias reiteradas, la desvinculación emocional o las primeras experiencias de fracaso son momentos en que un acompañamiento adecuado puede cambiar un recorrido vital.

Las Escuelas de Nuevas Oportunidades son un buen ejemplo. Su modelo personalizado, integral, flexible y conectado con el entorno permite que muchos jóvenes que habían abandonado los estudios recuperen la confianza, reconstruyan su itinerario y vuelvan a imaginar un futuro posible.

Si esta conexión entre educación, acompañamiento y entorno funciona cuando una trayectoria ya se ha roto, tendríamos que ser capaces de incorporar los aprendizajes mucho antes que se rompa.


Hace cuarenta años que constatamos que ninguna institución transforma a solas una realidad compleja. Cuando compartimos una misión, las oportunidades se multiplican y los vínculos se hacen más fuertes.





La equidad educativa no dependerá solo del porcentaje del presupuesto que destinamos en educación. La inversión es imprescindible, pero también tenemos que decidir como, donde y en qué momentos la desplegamos.

Necesitamos construir entornos educativos potentes, garantizar que las oportunidades lleguen efectivamente a cada niño e intensificar los recursos en los territorios y en las trayectorias que más lo necesitan. Capacidad comunitaria, acceso efectivo y equidad tienen que formar parte de una misma política educativa.

Desde la Fundación Marianao hace cuarenta años que constatamos que ninguna institución transforma a solas una realidad compleja. Cuando escuelas, familias, administraciones, servicios públicos, entidades y comunidad comparten una misión, las oportunidades se multiplican y los vínculos se hacen más fuertes.

Poner la escuela en el centro no significa cargarla con toda la responsabilidad. Significa rodearla de una comunidad que también educa, acompaña y sostiene.

Porque educar es una tarea colectiva. Y porque solo una comunidad comprometida con todos sus niños puede garantizar una educación verdaderamente equitativa.