Xavier Pedrós es presidente de la Fundación Marianao y ha dedicado buena parte de su trayectoria al acompañamiento de personas en situación de vulnerabilidad y a la transformación social. Trabajó como delegado de Asistencia en el Menor a Justicia Juvenil, al Departamento de Justicia de la Generalitat de Cataluña, y ha sido vinculado durante décadas al desarrollo del proyecto comunitario de Marianao, en Sant Boi de Llobregat.
El pasado 2 de octubre fue invitado a pronunciar la conferencia inaugural del Máster de Espiritualidad y Bienestar Emocional del Campus San Juan de Dios. Bajo el título Cuando la vida busca sentido, compartió una reflexión construida a partir de su experiencia vital y de las historias de muchas personas que lo han acompañado a lo largo del camino.
Hablamos con Xavier Pedrós sobre que significa vivir una vida con sentido, por qué necesitamos recuperar la espiritualidad y qué papel tienen los vínculos y la comunidad en una sociedad marcada por el malestar emocional, la soledad y la desconexión.
Hablamos mucho de salud mental y bienestar emocional. Pero, ¿hablamos bastante del sentido de la vida?
Quizás hemos identificado demasiado el bienestar emocional con sentirnos bien, gestionar correctamente las emociones o no sufrir. Pero la vida no siempre es así. Hay dolor, pérdidas, fragilidad y momentos en que no tenemos respuestas.
Creo que el bienestar emocional también tiene que ver con tener motivos para vivir, tener alguien en quién estimar, sentir que importamos a alguien, formar parte de algo y poder imaginar un mañana. Encontrar algún sentido, incluso cuando la vida hace daño.
Por eso me parece importante recuperar una pregunta esencial: qué necesita una persona para vivir una vida con sentido? No tengo una respuesta definitiva, pero sí una convicción que se ha ido haciendo más profunda con los años: el sentido de la vida tiene mucho que ver con el amor.

La espiritualidad tiene que ver con la capacidad de mirar la vida en profundidad, de abrirnos a los otros y de descubrir que formamos parte de una realidad más grande que nosotros mismos.
En la conferencia reivindicabas la espiritualidad como una dimensión fundamental de la vida. ¿De que hablamos exactamente cuando hablamos de espiritualidad?
No hablo necesariamente de religión. Hablo de aquella dimensión profunda de la existencia que nos pone ante las grandes preguntas: ¿Quién soy? Qué quiero? ¿Qué da sentido en mi vida? ¿Qué hago con el sufrimiento? ¿Qué espero? ¿Quién anda a mi lado?
La espiritualidad tiene que ver con la capacidad de mirar la vida en profundidad, de abrirnos a los otros y de descubrir que formamos parte de una realidad más grande que nosotros mismos.
Alguien puede denominar esta experiencia Dios; alguien otro, amor, trascendencia o vida. Y habrá quien no necesitará poner ningún nombre. Para mí, el más importante no es tanto el nombre como la experiencia.
Y esta espiritualidad no tendría que servir para huir del mundo. Bien al contrario: nos tendría que ayudar a vivirlo más profundamente, a dejarnos tocar por el que pasa a nuestro alrededor y a responder con amor, cura y compromiso.

Podemos tener centenares de contactos y no saber a quién llamar cuando tenemos miedo o necesitamos que alguien nos escuche.
Vivimos en una sociedad permanentemente conectada. ¿Por qué, entonces, podemos sentirnos tan solo?
Llevamos el mundo entero al bolsillo. Podemos comunicarnos en segundos con personas que son a miles de kilómetros y recibimos mensajes constantemente. Pero podemos tener centenares de contactos y no saber a quién llamar cuando tenemos miedo o necesitamos que alguien nos escuche.
Hay una diferencia fundamental entre estar conectados y estar vinculados. Podemos comunicarnos sin escucharnos, compartir muchas cosas sin llegar a compartirnos nosotros mismos.
Los vínculos necesitan tiempos, presencia, confianza, reciprocidad y cura. Necesitamos sentir que alguien sabe quién somos, que nuestra vida importa, que podemos contar con alguien y que alguien también puede contar con nosotros.
Quizás esta es una de las grandes necesidades espirituales de nuestro tiempo: volver a vincularnos. Porque nadie se construye sol.

Cuando definimos un joven como conflictivo, una persona por su diagnóstico o alguien por una adicción, podemos acabar convirtiendo una situación de su vida en su destino. Pero una persona siempre es más que aquello que le ha pasado.
Después de tantos años acompañante personas, ¿hay alguna experiencia que te haya ayudado especialmente a comprender esta necesidad de reconocimiento?
Hay muchas. Recuerdo especialmente David, un joven que conocimos a Marianao en 1992. Tenía una historia familiar complicada y había vivido situaciones de consumo y conflicto con la justicia.
Un día nos dijo una frase que no he olvidado nunca: «Aquí, en el Casal, es el único lugar de Santo Boi donde me dicen David.»
En otros espacios podía ser el expediente, el conflictivo, el consumidor, el problema. Pero allá era David. Solo David.
Murió muy joven, con dieciocho años, por una sobredosis. Su historia me continúa acompañando porque nos recuerda hasta qué punto necesitamos sentirnos reconocidos y estimados.
También recuerdo un chico con quien trabajaba a Justicia Juvenil. Un día me miró y me dijo: «Xavier, en el hondo soy bueno.» Cuando le pregunté por qué lo creía, me respondió: «Porque lo veo tose ojos.»
Aquel momento me enseñó una cosa que he tenido muy presente: todos somos espejo para los otros. Con nuestra mirada podemos devolver a una persona la peor imagen que tiene de ella misma, pero también podemos ayudarla a descubrir algo valiosa que había dejado de ver.
Acompañar empieza, muchas veces, aquí: mirando una persona de tal manera que pueda volver a reconocer su dignidad.
Hablas de la necesidad de «desfatalitzar la historia». ¿Qué significa esta expresión?
Significa recordar que la historia no está escrita. Ni la del mundo, ni la de los pueblos, ni tampoco del todo la de las personas.
Cuando definimos un joven como conflictivo, una persona por su diagnóstico o alguien por una adicción, podemos acabar convirtiendo una situación de su vida en su destino. Pero una persona siempre es más que aquello que le ha pasado.
Desfatalitzar es volver a abrir posibilidades.
Y esto también sirve para los grandes problemas sociales. A veces hablamos de la pobreza, la desigualdad o la destrucción del planeta como si fueran inevitables. Pero muchas de estas realidades son consecuencia de decisiones humanas y, por lo tanto, también pueden ser transformadas.
Una persona que marcó profundamente mi vida y la historia de Marianao fue Joan N. García-Nieto. Nos hablaba de la utopía necesaria y nos repetía: «Que no nos roben la esperanza que podemos cambiar nuestro pequeño-gran mundo.»
Para mí, la esperanza no es pensar que todo irá bien. Es negar que la historia esté cerrada. Es continuar creyendo que podemos transformar algo, aunque no lo podamos cambiar todo, ni hacerlo solos, ni conseguirlo mañana.

Cuando acompañamos una persona, necesitamos conocer sus dificultades y necesidades. Pero también tendríamos que preguntarnos qué le da sentido, que aprecio, que espera, qué vínculos tiene, qué la hace sentir viva y que querría aportar a los otros.
¿Cómo se traduce esta mirada sobre el sentido de la vida en la manera de acompañar las personas desde Marianao?
Creo que nos obliga a ampliar las preguntas que nos hacemos.
Cuando acompañamos una persona, necesitamos conocer sus dificultades y necesidades. Pero también tendríamos que preguntarnos qué le da sentido, que aprecio, que espera, qué vínculos tiene, qué la hace sentir viva y que querría aportar a los otros.
Una persona no es solo un conjunto de necesidades que tenemos que atender. Tiene una historia, deseos, capacidades, heridas, sueños y un proyecto de vida que merece ser reconocido.
A Marianao hemos aprendido que los espacios comunitarios pueden tener un valor profundo en este proceso. No solo porque ofrecen actividades o recursos, sino porque permiten encontrarse, establecer relaciones, participar y descubrir que un mismo también es necesario para los otros.
Hablamos a menudo de la tribu. Pero no de una tribu cerrada, donde todo el mundo tiene que pensar igual. Hablamos de una comunidad donde cada persona pueda encontrar su lugar, ser reconocida y aportar algo.
Y esta mirada no puede quedar limitada a las relaciones con las personas que acompañamos. También tiene que impregnar la manera como nos relacionamos dentro de la organización, como cuidamos los equipos, como gestionamos los conflictos, como tomamos decisiones y como ejercemos las responsabilidades.
Si queremos construir comunidad, tenemos que empezar para vivirla en nuestro día a día. Esto quiere decir generar espacios de confianza, escucha, reconocimiento y apoyo mutuo, también entre las personas que formamos parte de Marianao. Porque la cura no puede ser solo aquello que ofrecemos a los otros: tiene que formar parte de nuestra cultura y de nuestra manera de ser y hacer como organización.

Cuando escuchamos el sufrimiento de las personas empobrecidas, de quién vivo sol, de quien pierde casa suya o de quien no encuentra oportunidades, este sufrimiento nos interpela.
En una sociedad donde a menudo parece difícil imaginar un futuro mejor, ¿que necesitamos para recuperar la esperanza?
Necesitamos volver a reconocernos como personas capaces de incidir en nuestra historia personal y comunitaria. Y necesitamos construir redes con otras personas, comunidades y organizaciones, porque transformar la realidad no es una tarea solitaria.
Pero también tenemos que entender que la espiritualidad y la esperanza no pueden quedar reducidas a una experiencia interior o a una actitud individual.
Cuando escuchamos el sufrimiento de las personas empobrecidas, de quién vivo sol, de quien pierde casa suya o de quien no encuentra oportunidades, este sufrimiento nos interpela. Nos pregunta compromiso y nos obliga a preguntarnos qué podemos transformar de las condiciones que lo generen.
No se trata con solo que una persona sobreviva. Se trata que pueda desarrollar plenamente sus posibilidades.
Quizás, en el fondo, la cuestión es construir lugares, relaciones y comunidades donde cualquier persona pueda sentir: «Aquí me conocen por mi nombre. Aquí no ando sol. Aquí mi vida importa.»
Porque cuidar el alma de una persona también es ayudarla a descubrir que tiene algo para ofrecer, que forma parte de una comunidad y que puede contribuir a transformar el mundo.
Si crees que una comunidad que cuida, acompaña y genera esperanza puede transformar vidas, hazte socia de Marianao y ayúdanos a hacerlo posible.


